La palabra calamina gatilla muchas cosas en mí; es más que un despertar de recuerdos. De partida me lleva de regreso a mi infancia en Iquique, al sabor salado, al color del óxido, a crecer en un lugar que parece antiguo o de plano viejo, agujereado, tal como las calaminas que no solo cubrían techos, sino que eran también paredes, un material ubicuo. Por eso, cuando vi el título del nuevo poemario de Gladys González y esa portada con la calamina que parece extenderse más allá de los límites de la hoja, ese conjunto de sensaciones, recuerdos, estímulos, volvieron a mí. Solo que no se trata de Iquique, sino de Valparaíso. Y al leer los versos de Calamina hoy, después de ver los ce...
La palabra calamina gatilla muchas cosas en mí; es más que un despertar de recuerdos. De partida me lleva de regreso a mi infancia en Iquique, al sabor salado, al color del óxido, a crecer en un lugar que parece antiguo o de plano viejo, agujereado, tal como las calaminas que no solo cubrían techos, sino que eran también paredes, un material ubicuo. Por eso, cuando vi el título del nuevo poemario de Gladys González y esa portada con la calamina que parece extenderse más allá de los límites de la hoja, ese conjunto de sensaciones, recuerdos, estímulos, volvieron a mí. Solo que no se trata de Iquique, sino de Valparaíso. Y al leer los versos de Calamina hoy, después de ver los cerros arder, solo puedo pensar en la intensidad de la poesía, de sus imágenes y su crítica, de la capacidad de ver más allá de los materiales oxidados.