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Si la suerte o el destino os llevara por los caminos que conducen a Dikanka –y más aún en caso de que fuese invierno, anocheciese y en el cielo brillara ya la luna–, resultaría imperdonable que no visitarais el caserío del colmenero Pankó el Pelirrojo. ¡Sus veladas son únicas! Bajo el techo del Pelirrojo, además de comer bien y beber mejor, los lugareños cuentan portentosas historias que alimentan el alma. Los relatos que allí se escuchan nos hacen pasar por el escalofrío que nos eriza la piel, la risa a mandíbula batiente, hasta la punzada del desamor que nos atraviesa el corazón en un instante.
Un jovencísimo Nikolái Gógol, que intentaba hacerse un hueco en los cí
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